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Afuera de una estación de metro, las vendedoras crean comunidad

Las “bazareñas” se unieron para enfrentar los desafíos de la pandemia.

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Outside a Metro Station, Women Vendors Foster Community

Mar García, GPJ México

Todos los sábados, Silvia Sánchez Santiago, de 29 años, a la derecha, y su sobrina, Flor Sánchez, de 18, acuden a las calles aledañas a la estación Chabacano del metro en la Ciudad de México a entregar los productos que venden en Facebook.

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CIUDAD DE MÉXICO, MÉXICO — Dos maletas de tela descansan en un pequeño jardín a varios pasos de la estación del metro, protegidas del sol por una sombrilla roja. Con una mano sosteniendo la sombrilla y la otra mandando mensajes con su teléfono, Silvia Sánchez Santiago concreta la entrega de unas etiquetas adhesivas que ella misma diseñó.

Sánchez Santiago, de 29 años, junto con más de 300 mujeres, espera a la clientela afuera de la estación Chabacano, una concurrida terminal de transporte en el centro de la Ciudad de México, donde se conectan tres líneas del metro. En ese lugar, entregan personalmente los productos que venden por internet, a través de páginas de Facebook y otras redes sociales donde anuncian su mercancía.

La venta de productos como ropa, comida y accesorios a través de las redes sociales ya existía mucho antes de la pandemia, pero a medida que el coronavirus se extendió por todo el mundo, las mujeres que se reunían en la estación Chabacano para entregar lo que vendían se vieron obligadas a enfrentarse a otro obstáculo. El aumento de la presencia policial dentro de la estación luego del inicio de la pandemia hizo que las mujeres se sintieran presionadas e incómodas, y algunas dicen que la policía del metro las amenazaba con arrestarlas, aun cuando no estaban haciendo nada ilegal.

Entonces, las emprendedoras decidieron tomar medidas. Las bazareñas, como se autodenominan, se agruparon para establecerse en un área pública afuera de la estación Chabacano para reunirse con sus clientes y vender, con mayor seguridad.

“Cuando todavía no estaba la pandemia no había ningún problema. A raíz de la pandemia los policías nos dijeron que ya no estaba permitido y que nos podían arrestar por entregar mercancía”, dice Alondra Solís, de 32 años, quien desde hace cinco se dedica a vender a través de redes sociales.

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Mar García, GPJ México

Durante la pandemia, Patricia Hernández Romano, de 28 años, a la izquierda, y Alondra Solís, de 32, comenzaron a depender de la venta de productos por internet y de la entrega en persona en las calles cercanas a la estación Chabacano del metro de la Ciudad de México.

En septiembre de 2020, el Sistema de Transporte Colectivo (STC) hizo un comunicado en el que especificaba que las entregas de productos dentro de las instalaciones del metro no estaban prohibidas. Para ese momento, las mujeres ya se habían organizado para llevar a cabo sus entregas afuera de la estación.

Tras solicitar una declaración al respecto, el STC, que coordina las entrevistas con la policía del metro, no dio una respuesta.

Solís, quien dice que al principio tenía miedo de hacer entregas afuera del metro porque se sentía acosada por la policía, ahora tiene entre sus contactos a cientos de bazareñas. La mayoría de las vendedoras tienen páginas de Facebook donde ofrecen sus productos y se comunican para compartir información, así como para comprarse productos entre ellas.

Ese sentido de comunidad ha empoderado a las mujeres.

“Somos como un grupo de trabajo porque todas nos reconocemos, tenemos grupos en redes sociales y si le ocurre algo a alguien nos comunicamos por medio de esos grupos y nos ayudamos de esa manera. Es una forma de protegernos”, señala Solís.

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La sociedad mexicana ha menospreciado el trabajo de las bazareñas, y describe a las emprendedoras como la economía “neni”, término derivado de “nena”.

El vocablo despectivo no expresa el poder económico que tienen estas mujeres: un estudio de la Universidad Nacional Autónoma de México determinó que estas emprendedoras generan más de 9 millones de pesos ($448,685) al día y 285 millones de pesos (más de $14 millones) al mes. Casi 13 millones de hogares en todo el país reciben algún tipo de ingreso proveniente de esta economía informal.

Casandra Lizeth Serrano Rodríguez, de 25 años, es una estudiante que comenzó a vender ropa en Facebook cuando, por la pandemia, los ingresos de su hogar disminuyeron.

“Vi que poco a poco muchas chicas empezaron a vender en línea, y eso me hizo querer hacerlo”, comenta Serrano Rodríguez, quien destacó que la palabra “neni” se fue popularizando en las redes sociales para burlarse de las bazareñas.

“Tú me dices de esta forma [neni], pero no sabes lo que significa mi trabajo. Significa que estoy trabajando, que hay necesidades y no tenemos las oportunidades laborales en otros espacios”, añade Serrano Rodríguez.

Mientras la pandemia continúa, el ingreso que generan las bazareñas sigue siendo esencial en medio de la falta de empleo generalizada en la economía formal. Según cifras oficiales del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, el desempleo aumentó en 2020 y afectó de manera importante tanto a hombres como a mujeres. En el último trimestre de ese año, la cifra de hombres desempleados se incrementó casi en 500,000, en comparación con el mismo período del año anterior, llegando a 1,600,000. La cifra de mujeres que estaban desempleadas y buscaban trabajo de manera activa se elevó a 931,000, un aumento de 161,000 respecto al año anterior.

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Mar García, GPJ México

Cerca de 13 millones de hogares en todo el país reciben algún tipo de ingreso proveniente de la economía informal generada por las emprendedoras, entre las que se encuentran las bazareñas que venden sus productos todos los fines de semana en las calles cercanas a la estación Chabacano del metro.

Algunos negocios aledaños a Vista Alegre, la zona de la estación Chabacano donde se reúnen las mujeres, se han beneficiado de la situación.

“A mí me beneficia porque me compran. Antes, cuando no venían … mi restaurante estaba muerto”, explica Guillermina Ávila, quien tiene un restaurante en la zona.

También han surgido quejas.

“A los vecinos les genera molestia debido a que no manejan protocolos como cubrebocas y sana distancia. Invaden sus entradas con sus productos y sus automóviles”, expresa Juan José Chávez, quien lleva 13 años atendiendo una cafetería que se encuentra a unos pasos de la estación del metro.

Para aminorar las quejas y respetar el espacio en el que cada semana se reúnen, las mujeres dicen que tratan de incomodar lo menos posible.

“Yo he visto molestia por parte de ellos [las vecinas y vecinos] porque sí, hay ciertas personas que han dejado basura en el espacio que nos agarramos para poder entregar nuestros productos. Yo trato de no incomodar a nadie. Me pongo en un lugar donde no molesto a nadie y venimos solamente a hacer nuestras entregas”, afirma Patricia Hernández Romano, de 28 años, quien vende ropa de segunda mano y otros artículos.

Mar García es una reportera de Global Press Journal establecida en la Ciudad de México.


NOTA SOBRE LA TRADUCCIÓN

Aída Carrazco, GPJ, adaptó este artículo de su versión en inglés.